01 mayo, 2005

El día más largo de mi vida

Recuerdo que fue al promediar mis diez años, ya vivia en Versailles y solía pasear en bicicleta por el barrio. La bicicleta a esa edad es sinónimo de independencia, esa independencia fue la que me llevó hasta la vidriera de esa bicicletería donde quedé fascinado. Las había visto por primera vez, rojas, maravillosas, alimentadas por los 3 voltios de dos pilas medianas cada una, eran un juego de luces que se adaptaban a los soportes de la rueda trasera de la bici. Desde ese momento mi vida tomó un nuevo sentido, pasaba todo el tiempo imaginando cómo se vería mi bici con esas luces brillando al cruzar las calles de Versailles. Por supuesto el giro que tomó mi vida impactó también en mi familia, tamto rompí las pelotas con esas luces que mi abuela me prometió que las ibamos a comprar. Y así fue, mi abuela solía por esos tiempos venir a visitarnos los viernes por la tarde y se quedaba a pasar el fin de semana en casa, ese viernes al llegar cuando me dijo que me daba la plata para comprarlas sentí que tocaba el cielo con las manos, cerraba los ojos y me imaginaba al bicicletero instalando esas dos maravillas que hasta llegué a suponer me permitirían viajar más rápido con la bici. Cuando desperté de ese sueño ya era sábado y la noche había pasado girando mediante la fuerza de impluso de la cadena de mi imaginación, me cambié y desayuné tan pronto como pude y salí pedalenado hacia la bicicletería con la plata en el bolsillo para comprar y colocar las luces. Al llegar todavía estaba cerrado, me quedé esperando al bicicletero hasta las nueve de la mañana, cuando abrió el negocio entré con una sonrisa que casi se me cae la cabeza. Mientras que el experto trabajaba tenía la sensación de estar ante una operación de cirugía mayor, las herramientas pasaban y los tornillos se ajustaban cuidando la pintura del paciente, el ultimo paso consistía en ajustar la altura de las luces, se trataba de una cuestión fundamental y el experto se tomó su tiempo en hacerlo. Cerca de las diez ya estaba en la calle corriendo el riesgo de pegarme el golpe de mi vida ya que pedaleaba mirando hacia atrás, en ese momento me dí cuenta de que ese sería el día más largo de mi vida, faltaban por lo menos diez horas hasta que pudiera ver como esas dos maravillas color rubí iluminaban el pavimento. Las horas eran de chicle, no sabía qué hacer para pasar el rato los más rápido, luego de almorzar traté de no pensar en el tema durante un rato en casa pero me fue imposible, a la hora de eso me encontraba sientiendo el viento y la velocidad en mi cara pensando como se verían al caer el sol las luces. El tiempo fue pasando y pronto fue bajando el sol, el momento culminante se acercaba, pronto vería consumado mi anhelo de las ultimas dos semanas. Al caer el sol me encontraba en la vereda de casa dispuesto a dar inicio a ese ritual que había soñado durante todo el día, en ese momento sentí aquella voz, la misma que me despertaba cada mañana dulcemente pero esta vez no era ese el motivo, pronto comprendí el significado de aquellas palabras aunque al escuchar percibía un deletreo simple pero enérgico. El mensaje era claro y preciso, como no suponerlo antes, como no saber que a esa hora siempre mi vieja pegaba el grito: Matías, adentro que ya es tarde...